REVISTA ESCOOLTURA

De pasarelas y rock de antaño

De pasarelas y rock de antaño

Hace poco platicaba con una amiga que está organizando un evento metalero allá en el DF. “Esto nos está costando un buen dinero, estrés, lagrima etc …” me decía ella. Su comentario, aunado a algunos de los recientes acontecimientos me hizo recordar mis propias aventuritas como organizadora hace ya algunos ayeres.

Créanlo o no alguna vez fui joven, ingenua y con chingos de ganas de hacer algo diferente, así que hice lo más lógico: abrí una tienda de ropa rocker en el centro de la ciudad de Saltillo y se me ocurrió la magnífica idea de hacer junto con un grupo de amigos fieles y desmadrosos, una pasarela con todo y toquín incluido para atraer a la clientela metalera.

Tenía dieciocho añitos,  toda la enjundia del mundo y me valía madre ser pobre, así que en un par de meses conseguí un salón -bien chido, por cierto-  invité algunas bandas locales, saque copias de unos flyers horrorosos hechos con plumón y me metí en la tarea de hacer tres cambios de ropa diferentes para cada modelo…  cinco hombres y cinco mujeres  ¡hubieran visto el pedo para lograr que cinco greñudos machotes modelaran mis ropitas aquella primera vez!

El resultado… una pedota monumental en donde regalamos aguas locas a granel, la gente feliz porque ni cover había, el chupe era tan gratis como corriente y además se podía escuchar algo de ruido y recrear la pupila con las y los modelos de la pasarela.

Obviamente fue un martirio. En mi inexperiencia contraté un sonido patísima que alguien me “recomendó” y que al parecer tocaban en bodas y XV años, la consolita de como ocho canales por supuesto que se calentó cuando todavía no se bajaba ni la primera banda,  y ahí nos tienes echándole airecito con un ventilador (muero de risa y pena propia recordando esto).

L@s modelos nerviosísimos pero todo les salió muy bien. Y como en mi corta vida jamás había sido yo anfitriona de una reunión con más de treinta personas, la seguridad me la pasé por el arco del triunfo, cada quien tomó, fumó y se metió lo que quiso… claro, los menores también, Ooops.

Cayó un tipo de muncipio preguntando por el permiso y yo con cara de ¿Cual pinche permiso?, jamás me pasó por la cabeza que hubiera que tramitar algo así. Ah, pero la neta estuvo con madre. Tanto que me aventé cinco pasarelitas más en el tiempo que mi tiendita tuvo abiertas sus puertas.

Claro que con el tiempo aprendí cosas importantísimas, como contratar un buen sonido aunque cueste más, contar con seguridad suficiente, fijar un cover moderado e invertirle a la publicidad. Atrás quedaron los flyers con plumón y me eforcé por hacer las cosas bien, ponía escenario, luces y hasta botanita para la gente. Ya después hasta invité algunas bandas de Monterrey y les di los viáticos que me permitía mi corto bolsillo… Ahora que lo pienso, no sé como rayos le hacía pero juntaba la lana, hoy  no junto ni para unos chicles.

La última vez que hice una pasarela me costó una lanota y me quedaron como dos mil pesos ¡qué risa! pero la verdad no lo hacía por dinero, sino por el evento en sí. Al final como sea siempre algo faltaba o alguien no estaba contento, ya saben,  nada es perfecto. Si eso me pasaba a mí en pequeña escala no puedo imaginar el desmadre que ha de ser organizar un evento de esos masivos… y es que somos re buenos para quejarnos, pero a ver, éntrenle al ruedo.

Hace relativamente poco me planteé volver a las andadas y aventarme otro eventito de estos, afortunadamente entré en razón y me dije: “Pa que te buscas pedos”.

Por Angélica Escobedo

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