REVISTA ESCOOLTURA

Caligaris y Autenticos Decadentes: Es verdad soy un payaso

Caligaris y Autenticos Decadentes: Es verdad soy un payaso

Por Beat Baggins

La Disquería cerró su año de actividades musicales de manera pompi. Como si fuera la primera vez.

Me dio el viernes a las seis de la tarde y yo ya andaba en Monterrey de rock and roll con mi chica. Luego de librar el tráfico espantoso anduvimos en el aniversario 21 del Cabrito Vudú en La Tumba. Se puso buenero el asunto. Un abrazo de nuevo a la banda y sus fieles seguidores. El sábado no hicimos nada, un paseo por la presa y comer chingos de elote, basta.

Iniciamos el domingo calentando motores y asador esperando que nos dieran las cuatro para irnos a la Arena Santa Lucia. Armamos unas cervezas, claro está. Así que nos dedicamos a dejar pasar las horas. Voy a confesar algo: ese día me estrené como corresponsal de guerra musical y transgredí, al parecer, todas las reglas.

Llegué puntual al evento y ya había una pinche filota que me recordó el pasado mes de mayo, que ansiosos de convivencia con “Los Cali”, nos hicieron esperar cerca de cuatro horas en pleno sol. Así que dije, ni madres. Fui a la parte trasera del recinto y me presenté con Paulina (saludos) la encargada de los medios. Le dije que venía de la Revista Escooltura y sin pedo alguno sacó mi brazalete. Aquí trasgredí la primera ley: le pedí uno más. Mi morra traía boleto, pero como buen galán de barrio, me puse gandalla para quedar bien con la piba. A nadie le cae mal el concierto de un poquito más cerca. Ya entrados, el ambiente pintaba bien. Los accesos y eso sí debo decirlo,  un acierto grande de la organización la idea de dividir la zona de general; el control era total y la vigilancia nada pinche, chulada de cabrones, sí señor. Los baños en el área platino que compartían con la prensa, de lujo. Iguales a los otros, pero no es lo mismo la meada de 70 personas a la de 5,000.

4:52 de la tarde, se trepan Los Victorios y el público, que apenas alcanzaba  a ser mitad de la capacidad de la arena, se puso loco. Estábamos ansiosos de acción y el chino con su flota se subieron con toda la actitud de ofrecerla. Yo solo quiero que brindemos está noche… Arre, tremenda rola para iniciar. Le siguió La caída y la gloria, Nasty uncle hippie.

Para la mitad de la primera canción me lancé a una de las barras más cercanas y en corto un par de cervezas. Nadie, nunca, me explicó que la prensa no bebé. Es más, si se puede, no disfruta el concierto. Se dedican a tomar fotos y/o notas, lo cual estaba haciendo, pero cuándo elegí este oficio uno de los puntos clave fue el alcohol. Chale, una ley más que me  había pasando por los huevos sin saber que lo hacía. Paulina tranquilamente me lo señaló y yo, algo confundido, solo atiné a decir: ahorita me la acabo y ya. Me moví del área del reporterismo y la lente. Agarré a mi morra y nos acomodamos por otro lugar a terminar el set de los defeños, que bueno, tenía que cerrar con Sol de media noche, nada nuevo. Pero habíamos cualquier cantidad de viejos regados por ahí, cantando. No voy, no voy a esa puta guerra, me quedo aquí bebiendo con mi amor.

La siguiente banda en aparecer fueron los colombianos de Dr. Krápula, por tercera vez en Monterrey. Anteriormente, y esto lo digo con voz del vocal, en el iguana vacio, hoy ya estaba casi llena la arena. Hice un par de fotos, hice un par de cervezas y me perdí en la plática con la dama hasta que apareció El pibe de mi barrio. Me estaba meando pero me gusta mucho esa canción. Siguieron los guitarrazos y hubo a quien se le notaba emocionado. Mi morra me preguntó por Pablito Molina en un tono sarcástico. Luego hablamos del Pibe Valderrama, de Pablo Escobar y del tráfico de esmeraldas y coca. Subieron a Jorge Serrano a hacer una canción con ellos y se despidieron con otro de sus éxitos, había un sector que coreó todas sus canciones. Bien ahí.

La pandilla excitada pedía a Los Caligaris. Parecía estadio de futbol con cánticos que se escuchaban por todas partes y playeras dando vueltas. Los cordobeses están más que conectados con el público mexicano. El año pasado los vimos en Ecatepec y parecía la misma imagen, incluso superaba a la visita anterior a Monterrey en mayo. Aproveché la pausa para mear y de retache llegar por unas cervezas más. Las filas estaban más largas que de costumbre y era nada más y nada menos por el hecho de que empezaron a circular vasos conmemorativos. Qué pinche detallazo de la organización. Las cosas innecesarias le dan valor a la vida. Valió la pena la fila de 30 minutos. Apenas regresaba cuando en las pantallas apareció el ya tradicional conteo regresivo para iniciar el carnaval. Diez minutos, eternos y cansados, tomando en cuenta que los de Córdoba ya se habían tomado más de 30.

El contador llegó a cero. Se apagaron las luces. Las narices de payaso se encendieron. Agarré mi vaso con fuerza. Es la hora de los chingazos, empujones y agarrada de nalga. Cuarteto roquero, no la esperaba, es una de sus canciones con las que bien pudieran cerrar un show. Nos volvimos locos, pero más los de las cheves que no se daban abasto y todo comenzó a moverse para no parar en un buen rato.  Un par de canciones más, se detuvieron para agradecerle a la flota el cariño, las narices, las remeras, la piratería y los trapos. Presentaron al trombonista quien con un solo, nos regaló las primeras estrofas de Mi estanciera y yo. Nos perdimos. Fue quizá el momento más esperado para muchos, pero también tempranero, lo que me entusiasmó. Estaban sacando buen material y apenas comenzaba esto. Siguió la fiesta, con ella el bailoteo. Yo seguía de rol entre  un sitio y otro. De nuevo subieron al Serrano a cantar Quereme así. El público explotó. Querían más, un poco más de los Caligaris. Me fui por otro par de cervezas. Encendí un cigarro y me dejé llevar. Razón, Tus besos, después llegó el set acústico. Mi morra dijo, ahora si vamos allá adelante y fuego, nos chutamos La montaña en primera fila. Una de mis canciones favoritas, en especial porque en el disco la interpretan con el “Pity” Alvarez.

El desmadre estaba a todo. La segunda parte del set cuartetero nos inundó y bailamos. No alcanzaba a ver hasta el final pero había brazos en el aire en todo el lugar. Para finalizar y también como ya es costumbre en sus shows, nos recordaron que su primera visita al país fue a Monterrey. Agradecieron a la gente que estaba ahí y que había viajado para poder verlos. Kilómetros y qué les puedo decir de eso, si la hinchada respondió como siempre: coreando como payasos, sin camiseta, el gran circo cordobés tenía la función en sus manos.

Me quedé con ganas de escuchar Parece que fue ayer, a mi gusto una de las mejores composiciones que sin duda, batallarán para superar. Bajaron del escenario y me acerqué un poco para obsequiarles un par de libros, un abrazo y fuga a mear, de nuevo.

Cuando regresé me encontré con una imagen muy graciosa, pero vale, enternecedora: la pandilla estaba recogiendo los confetis que salieron para despedir a Los Cali y los volvían a meter al cañón. Llegó la hora de la murga. Nos acomodamos y la pila de mi celular se terminaba. Traía notas de casi todo el evento, pero me faltaba el cierre: Los Auténticos Decadentes. Noté extrañado que el público estaba más tranquilo, intentando recuperar adrenalina, aire. También me di cuenta que al que pone la música entre las bandas le gusta un chingo el reggae y que había carritos de cheve. Esa es la actitud.

Iniciaron con el himno de la decadencia: No quiero trabajar. Ya desde ahí no hubo quien no cantara, levantara los brazos, les hiciera el aguante y les recordara que está es su casa. Somos así, decadentes. Para la tercera canción comenzaron a reacomodar  a la prensa así que decidí cambiar de ubicación junto con mi chica en el otro extremo, cerca de una barra y sin el acoso constante de la vigilancia.   Entre el set salieron las románticas y noté un par de lágrimas en un tipo que estaba a mi lado; tomaba el celular y enviaba notas de voz en whatsapp. Señores, qué valor, pero eso desata la música. Para eso compra uno un disco o paga un ticket o escribe para revistas y bueno, casi chillo también con  El pájaro vio el cielo y se voló. Se presentaron uno a uno. El Trombonista de Los Caligaris se trepó a echar palomazo y un solo que hizo vibrar la arena. Cantaron con una Julieta Venegas gigante. Armaron la murga con el Tuta-tuta. Seguí bebiendo. Seguí anotando. Levantaba los brazos y cuando había cumbia agarraba la cintura de mi morra y la marcaba. Me tomé un par de fotos con desconocidos que bebíamos sin parar. Qué viejos que son. Qué grandes, qué decadentes que somos todos. La noche cerró y los confetis reciclados nos cubrieron una vez más.

Hay pocas cosas que se pueden disfrutar tanto como la música en vivo. Gracias por tremenda noche a la pandilla de La Disquería, a las bandas, al público, a mi vieja, a la señora de la barra, a Tonny que no me regaño tanto. Que vengan más noches como está. Salí sin nada, ni para el jocho.

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