REVISTA ESCOOLTURA

Rapa pan pan: El General…?

Rapa pan pan: El General…?

Rapa Pan Pan
“Mami, quiero que sepas que tú te ves buena”
El General

Salimos media hora antes de terminar el partido. El calor estaba espantoso, la pizza barata estaba fría. Entre las cervezas y el marcador en contra, el ambiente se puso muy tenso en la tribuna de general. Le tiraron la cheve a mi vieja y se puso como loca, parecía hooligan gritando mamada y media en varios idiomas.

Luego cuando se enoja le da por sacar el burgués que lleva dentro. Yo nomás me hacia pendejo y miraba para todos lados a la espera del “madrazo” aplacador. Le ofrecí de mi cerveza mientras iba por otra; de respuesta solamente obtuve un “Vámonos a la chingada”. Como si mis Tigres tuvieran la culpa. Pues qué madres esperaba si la reventa está carísima y desde el único lugar que podíamos ver el juego era de ahí, el rincón más lejano del universitario.

—Aguanta, ya mero se acaba.

 —¡A la chingada, dije.! Reafirmó aun muy encabronada.

Habíamos dejado el coche en casa de su papá en pleno centro y si hay algo que le molesta a Amanda, aparte claro, de que le tiren su cerveza, es pagar taxis. Así que caminamos a la estación del metro. Ambos, pero por distintas razones, mentando todas las madres posibles y ni siquiera una pulsera o un sticker compramos. ¡Fuga!

Depositamos nuestros respectivos pesos y ahí nos tenían, mirándonos la cara mientras avanzaba el metro.

— Vas muy cagada pero viendo al negrito, ¡eh!

— Está bien cura…

Así también se ponía, después del berrinche monumental tomaba el papel de la novia más divertida del mundo. Onda: “vamos a reírnos, total los pinches Tigres van perdiendo y te saqué a huevo del estadio. Pero está claro que esa era mi principal cagadés”, el motivo perfecto para dejarla en la pequeña ciudad pecado, hacerme el enojado, decirle que mi pasión no se limita y demás chingaderas que uno expresa e irme al Matehuala con mis 217 pesos a ver si de suerte no me tocaba un plomazo. Me quedé viendo al tipo que había puesto de buenas a mi vieja y no podía creerlo.

— Se parece…

— No seas mamón ja, ja, ja.

     Muy risueña, pensé, pero era inevitable.

—Si, a huevo.

—José Luis, no mames ja, ja, ja. Está cagadísimo.

Pantalón azul con líneas en color plata a los lados, camisa celeste de aviador con todo y gafetes colgando, cinturón con todo tipo de compartimentos, incluido gas lacrimógeno y esposas; zapatos negros de casquillo. Sólo le faltaba el saquito de boy scout  y el cabello más amarillo, pero era él, sin duda: Edgardo Franco, el famoso General.

—Dile que se aviente la de bien buena, tú te ves bien buena. Le dije.

—Ah chinga’, dile tú.

—O esa de quisiera volver a amarte, volver a quererte, volver a te…

—Ese es otro, ay amor, qué pendejo.

—Muy conocedora me saliste.

—Son clásicos, mi amor.

El cabrón ya nos estaba viendo, sabía que lo habíamos reconocido y que seguramente estábamos haciendo chistes de él y su extraña vestimenta en sus años mozos de reguetón panameño. Negras moviendo el culo en MTV, casi como ahora, pero como dicen, tiempos pasados fueron mejores.

—Tómame una foto. Dijo mi vieja.

—Arre, pero hay que decirle, pa’ que pose y todo.

Me levanté de mi lugar y con mas risa que nervios le dije que si se dejaba tomar una foto con mi morra, que pensábamos que se parecía a aquél cantante que entre el 90 y el 98, cuando sacó su disco de éxitos, había puesto el flow correcto en las quermeses y bailongos estudiantiles de nuestra época. Se cagó de risa. Me contó que eso le pasó diario cuando llegó a vivir a la ciudad, que no entendía cómo era que después de varios años le pasará igual. Le respondí que somos de Saltillo.

—    Aquí a 40 minutos.

Amanda lo abrazó e hizo la mueca esa que acostumbra para las fotos. El General sonrió. Listo, “pal feisbuc”. Luego, antes de bajar, en la estación Cuahutemoc, nos actualizó; trabaja como guardia de seguridad en un fraccionamiento privado en Escobedo, de los nuevos, para trabajadores de la Carta. Gana 750 pesos más prestaciones y que a veces lo contratan para un show de imitadores. Nadie le cree que es el original, pero bailan y lo felicitan por cantar igual. Nos firmó una foto, siempre trae en su maletín, al lado de las gorditas que le prepara su mujer.

     Valió la pena dejar a mi moribundo equipo temprano. Al otro día regresamos a Saltillo, descargamos algunos de sus éxitos y cada que llegamos a la entrada del fraccionamiento le subimos pensando que quizá un día, quien nos salude, sea El General. Bailaremos mucho cuando eso suceda.

     Anoche le pedí a Amanda que bajara canciones de Big Boy. Uno nunca sabe a quién se puede encontrar a punto de llegar a casa.

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